Las luces de la fría y húmeda calle se han apagado, la inmaculada princesa negra ha dado a luz a la noche, oscura y despoblada de estrellas. El destierro de la luna que se camufla en el mar deformándose ante las pupilas de la paranoica cordura, entrelazando los brazos de los dioses para oír el silencio de los mortales que en la orilla de ese abismo apoyados en el umbral de ese mar esperan, esas aguas que se llenan con los ríos de lagrimas y sangre, pues la vida ha quedado en la tierra, en la cárcel de las ideas, del cuerpo mismo.
Levantando calaveras que chillan solas, que irónicas bailan , en la danza macabra, el ser vive y muere en una falsa verdad.
Los árboles comienzan a inmovilizarse el viento huye a las nubes que lloran en esa noche, dentro de mi cuarto la cortina de mi ventana se embolsa sin viento, y delira haciendo ondas en mis ojos, cruel sustancia que rompe mi voz, maúlle un ladrido de revés, la música ensordece mis labios y asciende al infierno eterno en el cielo, donde don Satán tiene de esclavo a pedro y a Jesús, donde se hallan los vicios y mujeres que bailan mientras los Ángeles apuestan y se caen en la búsqueda de nuevos apostadores.
Una gran orquesta rompe con el fuego que se refleja en mi mente, con las manos de agua que rebalsan de orates pensamientos, como ciegos vamos escuchando a tu silencio arrinconados en tu dificultad, temerosa sabiduría que defiende la ignorancia, con ideas claras de la oscuridad, identidades eternas que mueren en un ayer para vivir en un mañana.
miércoles, 1 de agosto de 2007
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